La guerra en tres fechas: 14 y 21 de Junio de 1982

14 de Junio de 1982 -- El cese el fuego

Junio había comenzado complicado, en esos primeros diez días eran corrientes y no pocas las noticias de bajas. Se olía muerte. Los ataques de artillería británica ya eran una constante. 
El repliegue de tropas hacia la ciudad parte del paisaje. 
El estado de ánimo de los replegados y su estado físico eran desmoralizantes, y si bien la intención, la energía, y las ganas seguían en alto, aquello ya no era lo que había sido en los días anteriores de mayo.

La estimación de un final a los combates era algo que se escuchaba seguido entre algunos oficiales y suboficiales. 
Impedimentos y complicaciones en la logística, desaciertos e incongruencias entre los despliegues y órdenes de las distintas armas hacían difícil avanzar con las tareas planificadas. 
La espera de un “ataque final” sobre Puerto Argentino era tema de todos los días. 
El retroceso de soldados en grupos y dispersos (heridos, agotados) generaba desazón y bronca.

Esa madrugada se vivía una "tensa calma" y se esperaban inminentes novedades luego de horas y horas de ataques sostenidos. Sobre el final, de madrugada ya hubo un cese en el hostigamiento y en el ataque de la artillería inglesa luego del cual recibimos finalmente la orden de "cese el fuego".

La orden nos llegó desde luego por radio -que en esos momentos yo operaba- estando con el Teniente Coronel en las afueras de la ciudad, lejos de los pozos y del resto del grupo.
Era parte de la costumbre estar donde había peligro, “para ver mejor los avances y los ataques, y observar el cielo para constatar lo que se informaba desde los radares y la radio” (nuestro objetivo era mantener la zona libre de Harriers y aviones enemigos).

Ante la noticia del cese el fuego, el “teco” miró hacia abajo, se quitó el casco, y se pasó la mano por la cabeza

Despacio. 
Se veía en su cara dolor, agotamiento, y también quizás impotencia, y bronca. (Días antes, en varios de los momentos de los tantos en que hablábamos y comentábamos cosas del día a día, se quejaba diciendo cosas como “me atan las manos" o "no me dejan operar” haciendo referencia a las órdenes que recibía de sus superiores. Varias veces lo había visto y  escuchado discutir y “plantarse” en reuniones con referentes de otras armas, por temas como la ubicación de las piezas y posiciones de la artillería antiaérea de la que era responsable, y muchas otras veces por la logística y los insumos que solicitaba y no recibía).

Después de pedir reconfirmar la orden por radio y con los ojos un poco "inundados” y cansados , el "teco" me miró y me dijo en un tono tranquilo y pausado: "gracias Chafer,.... gracias por todo. ……. Deje el arma acá, apague la radio. …….Vaya y comuníquele al resto de la tropa que se acabó todo".


Me levanté entonces y fui corriendo hacia los pozos para cumplir la orden y dar la noticia. 


Llegué a los pozos, allí esperaban mis compañeros y el resto del equipo. Ansiosos de noticias o novedades.
Pero también me esperaba allí, en los pozos, una nueva e inesperada “sorpresa” que terminó de arruinarme aún mas el final de la guerra.

Cuando notifiqué la noticia del cese el fuego, un par de oficiales y suboficiales (Pla, Sosa, Lupion, Palacios, entre los que aún -con pena y lástima- recuerdo) saltaban y se abrazaban entre sonrisas y gritos como si estuviesen festejando el gol del triunfo en el minuto de descuento en una final de fútbol de un campeonato mundial frente a Brasil. 


Una locura. Un asco.

Y al mismo tiempo algunos soldados compañeros (Miqui, Jardon, entre otros) diciendo “no, no puede ser", ….."me estas jodiendo”, …….“yo no me rindo”, ….. “nos escapamos con la MAG y los reventamos cuando lleguen” y frases por el estilo.

Es comprensible -somos seres humanos-, que en una situación tan extrema como es el combate armado, saber que "se termina el riesgo de muerte"….. genera cierto alivio. 

Es al fin y al cabo una certeza, es "el fin de la locura" que se vive durante los combates.
Aunque desde luego, en este caso dolía doble, y carcomía por dentro, por no haber alcanzado el objetivo.

Pero personas que eligieron la carrera militar, que se formaron toda su vida preparándose para la guerra, que inculcaban a los soldados que morir en combate era un orgullo, ....... no podían festejar de semejante manera una “derrota militar”. 


Menos que menos frente a "sus subordinados" (nosotros los soldados). 
Esos imbéciles, transformaron automáticamente en “basura y mentira” todo lo que nos habían dicho e hicieron creer durante mas de un año de instrucción militar y en los meses de combates en Malvinas.

Aun me pregunto: ¿¿ Qué carajo festejaban ?? Que me expliquen por favor: ¿¿Que celebraban??


Esa última imagen de la guerra, me alejó definitivamente de todo lo relativo al “ámbito militar” y sumó una gran cuota de “gusto amargo” al haber pasado por esa experiencia.

Por suerte hubo otros militares, muchos, e incluyo a innumerable cantidad de soldados en esta calificación, que sí estuvieron a la altura de la situación que se vivía e hicieron que "Malvinas", las acciones, lo compartido y nuestra participación en la guerra, tuviesen alguna razón de ser.

Mi respeto eterno a los caídos.
 

Un cariño enorme, eterno, mi permanente recuerdo y mis mas grandes GRACIAS para el “viejo” Lubin, Enrique, el “flaco” Risso, “Miqui”, el “Play”, el “gordo Garoto”, “Germán”, mi tocayo Spinelli, el "Cara de espíritu" (con quien le robábamos el azúcar al principal Sosa), a "Dani", "al Gallego", al "Gato", y a tantos otros con quienes compartimos “Malvinas” y que hicieron y contribuyeron a que aquella dura experiencia haya tenido sentido.



21 de Junio de 1982 -- El regreso a casa

El 21 de Junio del 82 llegábamos como prisioneros de guerra ("P.O.W.") de los ingleses a bordo del Northland a Puerto Madryn.


Volvíamos de Malvinas. No regresábamos todos los que habíamos idoNo éramos quienes habíamos partido. Volvíamos siendo otros muy distintos de los que habíamos viajado hacia las islas hacia solo un par de meses.

Volvíamos con dolor, y (en mayor o menor medida) golpeados, heridos, marcados por las experiencias vividas en esos días. 
Heridas físicas, emocionales o psíquicas que nunca se borrarían, y con las cuales debíamos aprender a convivir y a sobrellevar.

Regresábamos porque el azar de la guerra nos lo había permitido.

Nuestros comportamientos cambiaron, nuestras escalas de valores cambiaron, nuestros sentidos cambiaron. Palabras como honor, dignidad, respeto, hermandad, honradez, sacrificio, dolor, orgullo, etc. tomaron un sentido muy distinto para quienes vivimos el combate. Palabras cuyos significados se nos fijaron con sangre y se nos hicieron carne. 

Ese 21 de Junio, cosa extraña, regresábamos a nuestro país sin haber salido nunca del mismo. "Volvíamos" sin haber abandonado nunca nuestro territorio.

Ese mismo 21 de Junio recibíamos un golpecito más: el ejército argentino nos ocultaba de la sociedad y evitaba que tomásemos contacto con ella. 

Otra locura. 

Aquel ejército con, por, y en el que, días antes exponíamos nuestras vidas, nos decía que nos escondía para "preservarnos" porque habíamos perdido la guerra, porque la sociedad estaba "enojada" con nosotros.
 

Ese mismo día, representantes de aquel mismo ejército que días atrás nos hablaban del orgullo de estar combatiendo contra los británicos, nos aconsejaba (y ordenaba en realidad) que no hablásemos de lo que habíamos vivido en Malvinas. 
Nos amenazaban y ordenaban guardar silencio porque "lo que había pasado en Malvinas debía quedar en Malvinas", sumandonos caos al despelote que ya teníamos en la cabeza.

Ese día empezaba la posguerra, empezaba la gran y verdadera batalla.

La sociedad miraría 
hacia otro lado, al principio y por un prolongado lapso de tiempo. 
El ejército nos cerraría sus puertas en la cara negándonos contención y asistencia porque no éramos militares. 
Se dificultaría obtener un trabajo y cobertura médica. 
Arrancaban los tiempos de los "locos de la guerra".
Nadie sabía qué hacer con los excombatientes.
Malvinas y sus veteranos de guerra pasaban a ser temas de los que era preferible no hablar, no recordar, no hacerse cargo. 
Y poco a poco fuimos callando, hasta llegar a ni siquiera tocar el tema durante muchos, muchos, demasiados años.

Fue complejo lo vivido en Malvinas, ninguna duda. Pero la posguerra no fue, ni es, fácil.

No es fácil cuando por haber vivido una experiencia distinta, fuerte, extraordinaria, se etiqueta a las personas, y se le ponen barreras. 

No es fácil sobreponerse a lo vivido en combate. Tampoco es fácil comprender a un excombatiente.
No somos héroes, ni víctimas, ni sobrevivientesSomos ciudadanos comunes a los que nos tocó en suerte vivir un acontecimiento histórico distinto, tremendo. 
Y que a pesar de todo, pudimos -la mayoría- sobreponernos y estar orgullosos de haber vivido “Malvinas”. Tenemos, en el mejor de los casos, "algo" de experiencia en haber vivido en primera persona un combate armado, por eso nos dicen “veteranos de guerra”, esa es la única diferencia.

No fueron -ni son- necesarios el aplauso, o el elogio, o la aprobación de la sociedad hacia sus veteranos de guerra. Menos aún el reconocimiento por lo hecho. Lo que hicimos, lo hicimos porque era nuestro deber, y por eso obramos como obramos (con aciertos y con falencias).

Sí en cambio hubiese sido necesario al regresar que no se castigue a quien tuvo que luchar en Malvinas cerrándole puertas con prejuicios. 


Sí en cambio hubiese sido necesaria la asistencia y contención para aquellos que no pudieron sobreponerse al dolor, a las heridas, a los recuerdos. 

Sí en cambio hubiese sido necesario no darle la espalda a aquellos cuyas heridas (de cualquier tipo) le impidieron competir en igualdad de condiciones con otros ciudadanos.

Pero de todo eso, ya pasó mucho tiempo, muchos años y las heridas (en su mayoría) ya se cerraron. Queda la experiencia, quedan los recuerdos, quedaron los caídos. A ellos no los olvidemos.

 
CCH2007

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