La identidad: una gran víctima de la guerra.

Cuando se está en combate, en el frente de batalla (si bien uno no lo analiza en ese momento) se sabe internamente, o se siente, en los pocos momentos en que uno analiza la situación “más allá de uno mismo”, que cada bomba que cae, que cada muerto que uno se “carga”, que cada compañero que cae a nuestro lado, cada víscera o fragmento de ellos que uno pisa y (si se puede) se enterrará luego, alejan cada vez más al “soldado que combate” de aquella “persona” que se era antes en la "vida civil", cuando no se estaba en la guerra.

Cada día de batalla, cada acto desesperado que se realiza, cada conducta “anormal” que se asume ante las situaciones “anormales” que se deben enfrentar (así como las modificaciones en los valores y principios que se tenían y se defendían antes de estar en combate), van distanciando además al “soldado combatiente” de aquellos seres queridos que esperan ansiosos el regreso a casa de aquella persona que recuerdan partió un día a combatir en la guerra.

En la guerra, en el combate armado, hay demasiadas oportunidades en las que uno no se reconoce. Muchas situaciones en las que uno se ve envuelto y en las que nos descubrimos reaccionando como completos extraños. Nos descubrimos "convertidos" en algo muy distinto de lo que éramos. Personas diferentes a las que nuestros afectos esperarían ver cuando uno regrese.

Inconscientemente esa vivencia, ese saber que se está dejando de ser quien se era; el temor o la angustia de ese cambio de identidad no deseado (como así también la desconfianza de no saber si al regresar se será reconocido y aceptado, por aquellos que esperan el regreso “de quien fue a la guerra”), crea fuertes lazos de unidad en la “hermandad” de los combatientes. Todos pasamos por lo mismo.

En esos momentos no se está seguro de quien se es, ni se cuestiona. Se actúa por instinto.
En "ese" momento poco importa la identidad de cada uno. Ante la amenaza y el ataque, vale mas la "identidad", la "integridad" del grupo, que la de uno mismo.


Desde luego que está en riesgo la vida y eso "tapa" todo. Pero en un plano más inconsciente, lo que está en riesgo en el caso de sobrevivir, es la integridad, la esencia, la “identidad” de la persona que se era (y también se está gestando quien se será después de la guerra).

Las vivencias de combate alejan a la persona de su esencia, y poco a poco, día tras día la van convirtiendo en otra cosa, en otra persona. 

Nadie regresa de una guerra. Se vuelve de una guerra siendo otro, muy distinto al que se era.

Y al volver de la guerra no siempre estos temas se disipan y todo se aclara y se termina. Al contrario.

Al regresar de la guerra lo ideal sería retomar aquel rol que se tenía antes de la misma (o buscar un nuevo rol con el que uno pueda identificarse y sentirse reconocido). 
Imposible.
Eso no sucede, pues a la confusión de identidad que genera el combate en la persona, se le suma luego la respuesta de la sociedad; que contribuye a esa crisis de personalidad cuando define e identifica a quien regresa del combate desde un rol que ya no existe ni tiene sentido: lo llama “ex combatiente”.
Lo define e identifica por lo que era y no por lo que es, no dándole cabida en el “hoy”.
O como “veterano de guerra”, rol de poca o nula actividad en cuanto a la re inserción social del individuo.

Eso aísla a la persona y no le permite verse identificado con quien se era, o con ese nuevo rol que quisiera desarrollar y que le permita desempeñar una actividad normal dentro de la sociedad. Y tampoco le permite alejarse de esa función (ese rol de guerra) en la cual era difícil identificarse.

A su vez, el propio grupo de camaradas de guerra, que también vive esa misma situación (¿de marginalidad?), sigue identificando a su colega, por el rol de combate que desempeñaba, ya que es el rol con que se conocieron e identificaban en el combate.


De esa manera la persona queda acorralada en ese rol que tuvo en la guerra, haciéndose muy difícil asumir y demostrar quien se quiere ser.

Quizás sea ese el motivo por el que los soldados que regresan de la batalla, tienden a ocultar el haber estado en combate, y guardan silencio respecto a lo vivido. Es necesario “cortar” con ese rol que ya no sirve en la sociedad y que no representa a la esencia de esa persona. 

Está en juego la identidad.  Hay un riesgo muy grande de quedar “pegado” (de "ser tragado") por esa función temporal que uno desempeñó. Hay un riesgo muy grande de quedar “transformado” en esa otra cosa que se fué durante los combates. Ese "alguien" tan distinto a uno.

Se necesitaron muchos años en Argentina para que quienes estuvimos en combate pudiésemos volver a hablar del tema Malvinas.
Nos tomamos unos años. 
No fue por vergüenza, no fue por indiferencia, no fue por haber perdido esa guerra, no fue por “estar mal de la cabeza” como muchas veces se dijo. 
Fue por un tema de supervivencia, por la necesidad de sacar a flote esa identidad que cada uno quiso o eligió tener.

Optamos, en muchos casos, por el silencio para no ser condicionados por todos los dedos y etiquetas con que nos señalaban a quienes estuvimos en combate. Para no ser identificados en el presente con un rol que no tiene aplicación práctica en la sociedad.

Los "veteranos de guerra", no somos héroes, ni víctimas, ni sobrevivientes, … somos personas, personas que tuvimos que pasar por una experiencia extrema, porque la situación del país así nos lo exigió en un determinado momento.

Nosotros combatimos por nuestro país y lo hicimos con honor, con responsabilidad, con lo que sabíamos y podíamos hacer. Conocimos el miedo desde luego, pero no optamos por la traición. Estamos orgullosos de haberlo hecho. Está muy bien tenerlo presente, recordarlo, reconocerlo. Pero eso es algo que hicimos hace mucho. 

Los veteranos de guerra de Malvinas, no somos "solo eso" que fuimos.  Hoy podemos, y queremos, ser y hacer otras cosas, recordando lo hecho con honor, con orgullo, pero haciendo y siendo hoy algo distinto a nuestro rol de combate de ayer.


CCH2007  (Abril 2008)

Conocer lo actuado en Malvinas

Malvinas movilizó espontáneamente a toda la sociedad y nos unió tras un objetivo común, confirmando que hay intereses que debemos defender más allá de aspectos personales o sectoriales. Más de 200.000 civiles se ofrecieron de voluntarios para ir a Malvinas.

La Guerra de Malvinas es el producto de la responsabilidad, el compromiso, la unión y el respaldo de toda la sociedad. 

Por esa unión, por ese apoyo, y por el honor y la enorme responsabilidad que representa defender los intereses de toda la sociedad, muchos dejaron su vida en las Malvinas. 
Ese compromiso, esa unidad y ese respaldo de la sociedad en su conjunto, fue para la gran mayoría de los combatientes, el aval, el justificativo y la motivación para empuñar y disparar un arma en la guerra.

Muchos soldados y militares estuvieron a la altura de los hechos, y su desempeño es reconocido incluso por los propios ingleses. 
Existe con el correr de los años y gracias a la difusión de lo actuado en Malvinas, un sentimiento creciente de respeto, de reconocimiento y de agradecimiento de la sociedad hacia sus soldados combatientes y hacia esos militares que se sabe estuvieron a la altura de los acontecimientos.

Conocer lo realizado de Malvinas, por quienes asumieron el honor y la responsabilidad de representar a todo un país en la Guerra, debería fortalecernos como sociedad, como nación.

Por otro lado, la dictadura militar que gobernó el país en esa época, atomizó a la sociedad y quebró al país. Es primordial conocer también e identificar a los responsables y su repudiable accionar durante los años mas oscuros de represión y tortura que tuvimos en nuestra historia en Argentina.

Y es justificado y necesario el repudio y la condena hacia esos militares (y civiles) que tuvieron un desempeño aberrante, y desprestigiaron las instituciones que les dieron cabida, los cobijaron y en varios casos, los protegieron.

Pero Malvinas y dictadura no son la misma cosa: coexistieron en el tiempo y tuvieron algunos actores en común. Y no se deben mezclar alegremente ambas cosas.

Adentrarse en la historia de Malvinas, conocer los hechos y las acciones de muchos de sus protagonistas, hace que Malvinas sea un motivo de orgullo y no de lamento. Mucho menos de vergüenza.

Las islas Malvinas son nuestras. Muchos protagonistas y hechos honorables que sucedieron en 1982, también.

No permitamos que por unos cuantos impresentables se empañe y se oculte, condenando al olvido, lo realizado en Malvinas con honor y con orgullo por muchos que actuaron concientes de estar representando a toda la sociedad.