Los "sentidos"

Me preguntaron hace unos días si el haber estado en combate "agudiza los sentidos".

Y sí, efectivamente, ante la situación de "peligro de muerte inminente", se agudizan los sentidos. 


No dudo que a todos los que estuvimos en esa situación nos pasó, (la vista, el oído, el "ver" de noche, el "oir" dormido, etc. etc.) y que mantuvimos esa "sensibilidad" mas allá del 82.

En mayor o menor tiempo cada quien, ya que en la medida que transcurre el tiempo y que se van viviendo situaciones mas "normales" -como todo animal ciudadano-, deja de ser necesario esa agudeza de sentidos para (sobre)vivir.

Llegando a los casos extremos de no ver una vaca a dos metros, ni a distinguir una bocina de un maullido de un gato.

Y creo que el tiempo que uno "prolonga" ese estado de "vigilia permanente" que se necesita durante el tiempo de combate, tiene que ver con el grado de superación e integración que cada uno logra en la posguerra.


Es decir está relacionado a cuanto pudo o no, el ex soldado "desprenderse" y "sobrellevar" el "efecto de la guerra" (de Malvinas en este caso) en su vida de posguerra. Con lograr el estar "aqui y ahora" y no seguir en su rol de combate del 82.

Sin por eso dejar de "usar", consciente o inconscientemente, esos "truquitos" que uno aprende y que se hacen carne, cuando las situaciones lo ameritan (el "olfatear" el peligro quizás antes que otro, el no sobresaltarse ante el ruido de una explosión, el estar atento a las salidas de emergencia en sitios cerrados, el estar preparado para reaccionar, etc.).

Pero hay otro tipo de sentidos que creo no equivocarme, se desarrollan durante combate, (en nuestro caso durante  la "gesta de Malvinas"), que no hay que dejar de lado.
Y estos sí son sentidos que no se pierden con los años, sino que por el contrario se van consolidando y agrandando.

Hablo del sentido de la amistad, del compañerismo, del deber cumplido, de los valores, de jugarse por un compañero, del respeto por los caídos y por los demás, del sentido de "patria" (o nación no sé bien la diferencia), del sentido de una causa justa, del sentido de la entrega, y algunos otros que seguro dejo de lado en este rápido recuento.


CCH2007

"Movilizados": coincidencias y diferencias.

Como Ex combatiente reconozco algunas coincidencias con algunos planteos de los llamados "Movilizados" y muchos otros puntos en los que estamos totalmente en desacuerdo.

- Coincidimos en que los padrones de ex combatientes contienen algunos agentes “anexados” que hay que depurar.

- Coincidimos en que los "truchos" que hoy figuran en esos padrones deshonran Malvinas y representan una estafa para la sociedad y el estado, realizada mediante algún artilugio legal con el que fueron incorporados.

- Coincidimos con algunos Movilizados en que lo justo es reconocer a cada quien lo que le corresponde y no meter a todos en una misma bolsa (que paradójicamente es lo que se pretende realizar con la mayoría de los proyectos de ley que en danza que impulsan).

- No coincidimos cuando pretenden “extender” a los soldados “movilizados a determinadas zonas del continente”, los mismos reconocimientos y beneficios otorgados por ley a los ex soldados combatientes que estuvimos en combate en Malvinas.

Aceptar esto es desconocer y dejar de lado las (enormes) diferencias que representan el lugar y las condiciones en las que se prestaron servicios durante la guerra. Diferencias que por otro lado, sí reconocen y no aceptan (los propios Movilizados) cuando se trata de extender esos mismos beneficios y reconocimientos que reclaman, hacia quienes estuvieron también bajo servicio pero en “otras zonas más alejadas  del continente".

- No coincidimos cuando manifiestan que no son reconocidos, porque sí se les reconoce su labor, y sí se los reconoce con el título de soldados “Movilizados”. 

Pues no son de manera alguna ex combatientes (o siquiera Veteranos de Guerra).

- Estoy en desacuerdo cuando -despectivamente y con muy mala intencionalidad- plantean estar en igualdad de condiciones con "algunos soldados que estuvieron en las islas, y no tuvieron la necesidad / oportunidad de disparar sus armas". 

Nuevamente eso es desconocer las condiciones que se viven cuando se está en combate bajo fuego enemigo (o conocerlas pero igual plantear lo dicho para descalificar, "embarrar la cancha" para sacar provecho de semejante falacia).

- No comparto cuando los soldados “continentales” pretenden y alegan que quienes no dispararon sus armas en Malvinas (por no haber tenido la oportunidad de enfrentar cara a cara al enemigo, o por haber desempeñado tareas de apoyo y logística en combate) no deberían ser reconocidos como ex combatientes o veteranos de guerra.

Pero sí pretenden ser reconocidos ellos como veteranos de guerra porque "cumplieron con la logística y el apoyo desde el continente" (¿?)
Quieren entonces ser incluidos en lo que (mal) consideran una inconsistencia, falencia de una ley, o injusticia hacia ellos ¿?

- No coincidimos desde luego cuando manifiestan que la experiencia durante la guerra fue similar en el continente y en las islas; y con muy mala intención exponen que la presión psicológica, o el frío, o el hambre, generan los mismos estragos físicos y psicológicos que el haber estado en combate. 

Es cuanto menos innoble validar el pasar hambre o frío como únicos justificativos de “experiencias de guerra”. Quien eso afirma no tiene la menor idea de lo que es haber combatido, ni lo que es ser prisionero de guerra.

- No estoy de acuerdo con quienes eligen victimizarse fundamentando su situación en que el trato (o el maltrato) de los oficiales, fue similar al que se daba a los prisioneros en los centros clandestinos de detención tortura y exterminio del proceso y por eso debieran ser reconocidos como víctimas de la dictadura. 
Sí, estoy de acuerdo en que los represores o abusadores (que los hubo), hayan estado donde hayan estado, sean juzgados, condenados y que paguen. Que vayan a la justicia.
Un hijo de puta, militar o no, que haya estado en Malvinas no deja de ser un hijo de puta y merece ser castigado y condenado.

- No estoy de acuerdo en tener que recurrir a formas legales rebuscadas, ni a tratados, ni a acuerdos o a derechos internacionales, para recién así poder intentar justificar el haber participado en la guerra. 

Si es necesario recurrir a esos vericuetos e interpretaciones legales para justificar que se estuvo en combate es porque se estuvo en otro lado.

- No estoy de acuerdo con aquellos Movilizados que piensan que en los Ex Combatientes hay “miedo a perder algún privilegio” si masifican la cualidad de Veterano a todo el resto y por eso hay oposición a su reconocimiento. 

Soy Ex-combatiente con o sin ellos, con o sin medalla, con o sin reconocimiento. Simplemente estoy en contra de nivelar hacia abajo. Siempre.

Sobrevivimos con mucho dolor una guerra, estuvimos prisioneros, la remamos en la posguerra, solos, fuimos despreciados, ............ palabras como honor, dignidad, respeto, hermandad, honradez, sacrificio, compañero, dolor, orgullo, etc. etc., toman un valor totalmente diferente para quienes vivimos y compartimos una situación de riesgo de vida como la que se dá en un combate armado.
Valor que probablemente nunca entenderán quienes no las vivieron. Conceptos que aprendimos con sangre, que se nos hicieron carne, y que nunca nadie nos va a poder sacar. 

Eso es lo que nos diferencia.

Por eso los ex combatientes hablamos y planteamos el tema Malvinas desde esos términos;  y los "movilizados" lo plantean apuntando a un reconocimiento monetario (y tener luego un cierto aval “legal” para contarles a sus hijos una historia que no fué).


CCH2007

Que tendrá que ver Dios con las guerras.

A la mayoría de los dioses se les atribuye desde la antigüedad más remota, la potestad sobre la vida y la muerte de los seres vivientes (en particular de los humanos), y se imputa muchas veces a decisiones divinas la continuidad o no de "la vida", ya sea la de uno o las de millones de esos seres.

Cuando los seres humanos pretendemos asumir esa potestad y decidimos nosotros la continuidad o no de la vida de uno, cientos, o miles de personas (desde luego con acciones y decisiones humanas, que cuidan y velan por intereses humanos), no tiene sustento alguno el atribuir a los dioses o a intereses divinos la justificación de esas decisiones y acciones.

La guerra se vende con un marketing muy bien preparado y aceptado, para que los soldados a los que les toca ir al combate, no sólo no se rebelen, sino que además crean y estén convencidos que vale la pena matar y morir por las causas que sean hayan desencadenado esa guerra. Y a veces nos quieren hacer creer que esas causas tienen el aval de las divinidades. 
De hecho, es normal que se bendigan las armas antes de ser utilizadas en el combate, y la presencia de ministros religiosos (que mas allá de dar soporte espiritual al combatiente) pareciera dar una justificación, o un aval, a las causas que desataron el conflicto.

Es cuanto menos cuestionable (o sería realmente preocupante) que a los dioses les importe -o peor ....que avalen- que se le quite la vida (por ellos creada) a una persona o a miles, justificando esa acción en causas de límites geopolíticos, o intereses económicos o creencias religiosas, ya que el mundo fue creado -en principio por ellos mismos- sin países, ni gobiernos, ni religiones.

Para justificar entonces que alguien pueda matar a un semejante, se usa por un lado el marketing de la guerra, y por otro se crea un ámbito de desesperación y acorralamiento en el que sumerge a la persona para que en el combate pueda asesinar sin remordimientos a quien se considere que represente una amenaza para su vida y la de sus compañeros.

Porque si nos alejamos de los intereses humanos (de ninguna manera "divinos") con los que se trata de justificar esas muertes; estamos frente a acciones que en otras circunstancias serían calificadas directamente como homicidios (o asesinatos según fuesen los intereses en juego). Pero las muertes en los casos de guerra se califican o consideran como gloriosas, pues como dijimos se realizan en cuidado de intereses políticos, económicos, religiosos, etc. (humanos, todos ellos muy humanos).

En la vida en sociedad este tipo de acciones (matar a otro) no reciben “condena” legal cuando se puede demostrar que fueron en legítima defensa, o para evitar un mal mayor, o porque se estaba cumpliendo una orden (La guerra encaja perfectamente en estas acepciones). En el combate armado tampoco, es mas.... se las fomenta y se las aplaude.
Pero que “legalmente” no se reciba condena no significa que la persona no sea “responsable” (¿culpable?) del hecho material, de esa muerte.
No se va preso por la muerte provocada en esas "determinadas" circunstancias, pero quien la llevó a cabo, está identificado y llevará por siempre el peso de esa muerte en sus espaldas.

¿Entenderán los dioses estas “Justificaciones” legales?

¿Aceptarán los dioses los motivos por los que se le quita la vida a un semejante?

¿Qué le preguntarán los dioses a esas personas que mataron a otros cuando llegue la hora de enfrentarse a ellos y ya no existan, ni tengan sentido alguno, los límites geográficos, los intereses políticos, e incluso las diferencias religiosas?

¿Habrá premio o castigo?

¿O habrá que arrepentirse primero?

Pero ¿porque arrepentirse si nos habían dicho que era algo bueno ir a la guerra? ¿no era algo que ennoblecía? ¿Dios no estaba de nuestro lado?



CCH2007

La guerra de Malvinas por los Excombatientes

Comparto un comentario de Carlos Gamerro publicado hace un tiempo respecto a los diálogos que se dan entre los Veteranos de Guerra y quienes no lo son, cuando se toca el tema de la guerra.

Me pareció muy bueno porque sintetiza en muy pocas líneas el sentimiento y la realidad de "esos hilos invisibles" (a decir de Cortázar) que nos unen a los ex combatientes de Malvinas.

... Cuando estaba escribiendo Las Islas, que trata, entre otras cosas, de la Guerra de Malvinas, quise entrevistar a los soldados que habían participado en ella. 


En su ensayo Experiencia y pobreza, Walter Benjamin dijo que durante la Gran Guerra los hombres
“volvían mudos del campo de batalla” y, agregaba, “no enriquecidos sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable”

De eso que había pasado en las trincheras, los soldados que volvían no podían hablar, eso que habían vivido nunca había pasado antes.

Jorge Luis Borges nos recuerda, una y otra vez, que el lenguaje, para comunicar, requiere de experiencias compartidas. 

Palabras como “rojo”, “verde” o “violeta” nada pueden decirle a un ciego de nacimiento; ciegos también, y sordos, eran los oyentes de los soldados que volvían de las trincheras, educados por tres milenios de literatura épica y relatos orales a concebir la guerra como el terreno privilegiado donde se desplegaban valores como el honor, la gloria o la hombría.

Mi descubrimiento personal fue que los soldados volvían de Malvinas
no mudos sino lacónicos

Me miraban como si supieran de antemano que yo no iba a entender, que las mismas palabras significarían, para nosotros, cosas diferentes. 

Entre ellos, en cambio, se entendían perfectamente.

Cada palabra que usaban, como “frío”, “pozo de zorro”, “balas trazadoras”, “bombardeo naval”, desbordaba de paisajes, situaciones y vivencias definidas y precisas, infinitamente ricas y sugerentes, aterradoras, intolerablemente vívidas. Uno de ellos las pronunciaba; los otros asentían, generalmente mudos. 

Para hablar conmigo, todas las palabras parecían insuficientes.

Para comunicarse entre ellos, las palabras eran casi innecesarias: lo mismo valían los silencios y los gestos...


¿Será quizás por algo de todo esto que muchos ex combatientes preferimos "(no) hablar" de Malvinas solo cuando estamos entre Veteranos de Guerra?
CCH 2010

Malvinizar

Se habla mucho de "Malvinizar" y como no es un verbo con definición de la RAE (obviamente), cada quien tiene su idea de lo que “Malvinizar” significa.

En general se dice que se está “Malvinizando” cuando lo que se busca es hablar de los detalles de la guerra del 82, cuando se centra el tema en las acciones de combate que realizamos en Malvinas, cuando -rayando la locura- se pretende utilizar esos actos de combate para "inspirar a la juventud" (¿?!!), cuando se trata de justificar con esos actos de coraje "la nobleza de una guerra justa" (¿?), etc., etc.

Mi humilde opinión es que de esa manera estamos hablando de la guerra. Entonces “Malvinizar” sería un sinónimo de "guerrizar", de "combatear", de "militarizar" a la sociedad y a las generaciones venideras.

“Malvinizar” debiera tratar de rescatar la reacción del pueblo en su conjunto, mostrando la capacidad de unirnos y de focalizarnos en pos de defender un bien común. La posibilidad de movilizarnos tras un sentimiento o una necesidad colectiva que identificamos y sentimos como propia.

Malvinas no debe ser un sinónimo de guerra, de algo estrictamente militar, Malvinizar debiera ser una puerta abierta que nos permita y nos mueva a analizar y a hacernos cargo de nuestros actos, de nuestras decisiones, de nuestras reacciones, y de sus consecuencias. Si es que pretendemos aprender (y recuperarlas).

Malvinizar debiera recordarnos que la defensa de lo que consideramos y asumimos como propio, con convencimiento y sentimiento reales, se hace desde los roles que tengamos y que nos tocan asumir a cada uno (y que no deben mezclarse).

Que el sentimiento que movió a quien tejió y envió bufandas, o el del que con desinterés entregó joyas o dinero para ayudar a quienes estábamos en el frente, fue el mismo que produjo la acción del soldado que arriesgó su vida ante las bombas enemigas para ayudar a su compañero herido o muerto en combate.

Porque ambas cosas se hacen con el convencimiento y el sentimiento de que se está haciendo lo que se debe hacer, sin pensar en intereses personales o analizando que ventaja va a obtenerse, por estar contribuyendo en una causa común que se considera y siente como propia.

Malvinizar debiera ser el ejemplo a tener en cuenta para mostrarnos que debemos reaccionar toda vez que alguien pretenda adueñarse de nuestras decisiones y poner en juego esos intereses y derechos que asumimos y sentimos como nuestros y con los cuales nos identificamos.

Malvinizar no debe ser hablar de la guerra, de los tiros, de los muertos.

Malvinizar, para que sirva, debe ser hablar de nosotros los Argentinos.


CCH

Los corchazos

El soldado no piensa, el soldado ejecuta.

Ya lo dije varias veces, me parece una de las frases mas oscuras, hipócritas y despiadadas con las que en el ámbito militar se justifica la destrucción psicológica (y física) de los soldados. Y también con la que se deja al descubierto el menosprecio hacia los mismos. Evidencia la nula importancia que se le da al soldado dentro y fuera del ámbito militar. Esa frase encierra el concepto que los soldados son reemplazables, insignificantes, que a nadie le importa su integridad. No son personas. (Quizás eso sería lo ideal, ........pero hablamos de personas).


La parte “pensante” del poder, de la sociedad, de la guerra, la que lleva al soldado al combate, lo menosprecia y estupidiza buscando que actúe de manera similar a la de un autómata, para que responda ciega y rápidamente a cualquier orden.
El soldado es para ellos una "barata herramienta" del combate, en donde el objetivo principal es matar para sobrevivir y no importa entonces el daño que se haga a la “herramienta” con tal que la misma permita alcanzar el objetivo.


El soldado no piensa, el soldado ejecuta.


De esa manera no evalúa las consecuencias de los actos que realiza: No piensa ni en los daños que provoca en los otros (que son los mas fáciles de ver), pero sobre todo no piensa, no toma conciencia de los daños que se realiza a sí mismo.


Cuando se combate, se actúa en equipo, en un entorno sin reglas claras (pero sí con ciertos códigos), en el que no hay leyes, ni Dioses, ni Diablos muy presentes, ya que en pos de preservar la vida: “todo está bien”. “Todo vale”.
Un entorno violento que justifica cualquier acción y en el que “no pensar” en lo que se hace, hace que uno no se sienta responsable, ni tome conciencia de lo que está sucediendo.


El problema, ya se ha dicho muchas veces, se manifiesta en la posguerra. 

Cuando el ámbito cambia, cuando el medio en el que vuelve a vivir la persona (el soldado) es un entorno más “normal”, con leyes, Dioses y demonios mas claros y presentes.
Porque cu
ando las balas dejan de silbar, cuando pasa el tiempo y vuelve la calma, "el soldado ...... piensa”.  

Y eso es un problema.


Cuando el soldado apoya su cabeza en la almohada, y se queda solo con sus pensamientos, solo con su conciencia, solo con Dios como juez y como testigo.....los pensamientos aparecen.


Cuando solo se desea dormir y descansar y los recuerdos de esos terribles días de combate, se hacen presentes 
en la mente cada noche, sin pedir permiso y no dan descanso....... se piensa.

Cuando ya no se está bajo el “amparo” del combate, cuando la paz deja momentos para pensar y para tomar conciencia. Cuando se busca la paz y las cosas se recuerdan y analizan “más allá de uno”, aparecen los análisis, las dudas.......y se piensa.


Cuando la persona después de lo vivido, toma conciencia que el enemigo a quien mató era al fin y al cabo alguien tan humano e inmerso en la misma caótica y violenta situación que él mismo. Es difícil sacar conclusiones objetivas, y ....se piensa.

Cuando la cruda realidad pone de manifiesto que no era verdad -y que a pocos le importa realmente- todo eso por lo que se justificó ir al combate. Cuando se cae en la cuenta que no era verdad lo de la lucha justa y lo del perdón divino...... se piensa (y mucho).


Cuando se está sin el apoyo de los compañeros de combate que lo protegían, sin los “superiores” que ordenaban lo que hacer y lo que no se debía "pensar"...... se piensa. Y se piensa en que habría que replantear muchas cosas.


Cuando los recuerdos de los gritos, los bombardeos, los helicópteros, los aviones, los muertos, aparecen en los sueños y hacen vivir una y otra vez el horror del combate.
Cuando se desea mas que nada poder dejar de lado los fantasmas de la guerra y ocuparse de otras cosas mas importantes. 

Cuando la sociedad pensando en proteger o reconocer a esa persona lo sigue identificando con su rol de combate, forzándolo a vivir así con una identidad y en un tiempo que ya no existen........ se piensa y aparecen en la mente muchas preguntas sin respuesta.

Cuando se quisiera con todas las fuerzas no pensar, y poder hacer realidad esa mentira tan grande tantas veces escuchada: "el soldado no piensa". 
Cuando se quisiera no vivir de una pensión y tener un rol y un empleo digno que identifique a esa persona en la paz y no ser visto solo como un “ex combatiente”.

Cuando las fuerzas flaquean en un entorno adverso en el que se requiere atención y contención para seguir adelante, para superar los fantasmas del combate y sepultar -sin olvidar- todo lo relacionado al ámbito militar, al horror de la guerra, sin quedar por eso pegado a la sensación de haber sido usado y descartado como un preservativo........ es ahí cuando muchos deciden poner fin al problema de "pensar" del modo que mas conocen: ............ de un corchazo.

CCH2007

Los desechos de las guerras

Los seres vivos reaccionan ante una agresión externa (por ejemplo ante una infección) poniendo en marcha un mecanismo de defensa (como los glóbulos blancos) que procura devolver al organismo el equilibrio y la normalidad para su correcto funcionamiento, mientras el cuerpo todo se adapta para hacer frente a ese evento, cada parte cumpliendo con su función.  
Al finalizar la agresión el propio cuerpo se encarga de expulsar fuera de su seno todos los "residuos" o resultados de ese ataque que pudieran haber quedado; y volverá poco a poco a funcionar como lo venía haciendo, con o sin alguna lesión o cicatriz temporal o permanente. Pero lo que se vió afectado por la lucha contra el agente externo, ya no forma parte del mismo (células, humores, etc.). 

La sociedad como "ser vivo" que es, debe disponer también de herramientas de defensa ante ataques (externos o internos) que pongan en riesgo su integridad o salud. Para eso cuenta con fuerzas armadas, desarrolladas y equipadas de manera tal que puedan responder ante los ataques o amenazas de las hipótesis de conflicto que los escenarios de cada momento político definan. 
Y puede o no incorporar temporal y voluntariamente a esas fuerzas armadas ciudadanos cuyo interés no sea formar parte de ese ejército -por no tener la vocación militar como guía de sus vidas-, pero que estén convencidos de la necesidad de estar preparados para defender a su patria en caso de ser necesario. 

Lo que no poseen las sociedades es el mecanismo mencionado de los seres vivos para expulsar de su seno los "residuos", los "despojos", los "resultados" de sus enfrentamientos, de sus guerras. 
Y como no puede eliminarlos, expulsándolos fuera de si, entonces los aisla, los esconde, los separa, para que sean lo menos visibles ante el resto.

El verdadero problema de las guerras, está en las posguerras. No hay muchas opciones de "que hacer" con los muertos del combate, pero no está tan claro, ni es fácil definir "que hacer" con los que sobreviven al mismo.

La sociedad sabe cuando envía a parte de sus integrantes a una guerra, que está comprando un problema a futuro con los sobrevivientes, pero los envía igual, pues considera que es mas importante librar esas batallas, que el problema posterior de que hacer con las vidas destrozadas o afectadas por las guerras. 

La historia demuestra que son mas importantes los intereses políticos, estratégicos, religiosos y/o económicos que las vidas humanas que se verán afectadas por las guerras. Nunca se midieron -ni medirán- esos intereses políticos, estratégicos, religiosos y/o económicos en función de los cadáveres que provocan.

Por eso se vende tanto y con tan buen marketing la idea de ir a una guerra, de ser soldado, de defender el bien común,  pero nunca se menciona lo que pasa al finalizar la guerra, cuando ya no se forma parte de esa "élite" que combate, cuando se está solo, cuando ya no se usa el casco y se deja de portar el fusil. Cuando la sociedad vuelve a su funcionamiento "normal".

No se cuenta, ni difunde lo que le pasa a tantas personas cuando la sociedad que los envío a la guerra, ya no necesita que combatan por ella, y ante la imposibilidad de expulsarlas, las aísla. De diversas formas, por ejemplo identificándolas como combatientes (o ex combatientes), no dándoles lugar a re insertarse en funciones productivas, forzándolas a vivir en el pasado y de una pensión que esa misma sociedad se encarga de brindarle como compensación a ese aislamiento. O utilizando otra "etiqueta" y llamando héroe al ex soldado, para utilizarlo en alguna celebración patria haciéndolo desfilar como si fuese militar (que no es, ni tampoco es reconocido asi por las fuerzas armadas en las que prestó servicio).
Imponiendo a la persona un nuevo rol, justificando su etiqueta y aislamiento. 

Ese es en última instancia, el mecanismo de "expulsión" que tienen las sociedades para las "células" que se vieron afectadas en su defensa y sobrevivieron.

CCH2007



1 de Mayo de 1982: Bautismo de Fuego

Hasta ese primero de mayo los días transcurrían con expectativas, con dudas, con interrogantes respecto a como viviríamos esa experiencia que a grandes rasgos definíamos como "Malvinas" y que sería el participar de combates armados en una guerra.

La caída de las primeras bombas inglesas esa madrugada, nos dieron la certeza de que empezaba una etapa totalmente distinta en nuestras vidas.

Recuerdo que estando en los pozos comenté con mis compañeros que ya ninguno de nosotros “volvería”.  

No me refería concretamente a morir en cualquiera de los momentos que sobrevendrían desde ese 1° de Mayo hasta pasado el 20 de Junio (día en que finalmente abandonamos las islas como prisioneros de guerra), si no a que la experiencia del combate armado nos iba seguramente a transformar en otras personas muy distintas a las que habíamos sido hasta ese momento. 

Nadie vuelve de una guerra.

Era el momento de nuestro "Bautismo de Fuego"..........

"Bautismo": un concepto tan relacionado a lo espiritual, a la purificación, a la esencia, a lo religioso, a la limpieza del alma, a un nuevo comienzo, .............. utilizado en este caso para definir la "iniciación" de una persona en lo relacionado a las armas, a la muerte, a la destrucción, a la fase mas " animal" si se quiere del ser humano que es la que aflora en la guerra.


"Bautismo" utilizado para conmemorar el momento en que se empieza justamente a contradecir y a ir en contra de los mandamientos y de lo que como fin último profesan todas las religiones del hombre, que es respetar y honrar la vida de uno y la de sus semejantes.

"Bautismo" todo lo contrario a lo que el bautismo -religioso- representa.

Quizas utilizado porque de alguna forma hay que consensuar y recordarle al combatiente el aval que le dá la sociedad para matar a otros y que luego no se sienta culpable. 

Que mejor que celebrando su "bautismo de fuego".

"Bautismo"..... "de fuego"........ Que buen marketing el de la guerra.

Que se piensa al disparar ?

Me preguntaron hace un tiempo, sobre lo difícil que debe ser ese momento en el que uno toma conciencia que va a matar. Sobre lo angustiante que debe ser “apretar el gatillo” sabiendo el daño que provocará ese proyectil que uno dispara al impactar sobre otra persona.

Para nada. Es facilísimo. No hay análisis. No se piensa en el daño que ese proyectil generará. Al contrario se dispara y se desea es que ese proyectil “genere” daño.

Apretar el gatillo es lo mas simple y elemental del mundo en esas circunstancias (Cuando se está bajo fuego enemigo y con riesgo de vida, no es momento de filosofar).
En esos momentos simplemente se dispara (con lo que uno tenga a mano, sea el arma que fuere, y se le dispara a lo que se ponga “enfrente de uno”), sabiendo que el que está enfrentándonos también desea quitarnos la vida o hacernos el mayor daño posible.

Solo cuenta el riesgo de vida. Solo cuenta que el que dispare primero y acierte, tendrá mas posibilidades de seguir vivo.

Quizás en esto se base el “lema” del servicio militar de que el soldado no piensa, el soldado obedece.

Y ese “lema” aplicado a estos casos, se sostiene a sabiendas de que lo difícil, lo complejo para el que dispara vendrá después, cuando ya los combates hayan pasado, cuando la “guerra” haya terminado (si es que acaso existiese un final de una guerra para los que combaten en ellas).

Pues el daño que esos proyectiles generan se manifiestan a ambos lados de la boca del fusil. Hay daños desde luego en quienes recibirán ese proyectil, pero también habrá secuelas y daños en quienes los dispararon. Nadie vuelve (sano) de una guerra. 

El objetivo de ese “lema” creo es justamente que no se piense (al disparar por ejemplo) sobre todo en el daño que "uno mismo se está haciendo". Y a su vez en que mas adelante se evite analizar lo realizado.
Puede ser difícil vivir tomando consciencia de los daños realizados; si fuese fácil, no sería tan alto el índice de suicidios entre ex combatientes.

También el hecho de los aplausos y la "glorificación" de la guerra, el llamar "héroe" al Veterano de Guerra, la búsqueda de reconocimiento por lo realizado en pos de "intereses superiores", se hace para que sea mas llevadero todo ese "bagaje de cosas" con el que uno se carga en la guerra y que se llevará consigo de por vida. Ya que desde luego ese "bagaje de cosas" no encaja en general con lo que se era, se creía y se aceptaba como correcto en la vida civil. Ámbito en el que luego de disparar uno debe volver a re-insertarse para continuar con su vida, lejos de las armas.

Si en el frente de combate se piensa y analiza lo que se está haciendo, puede suceder que se llegue a conclusiones que no convengan a los intereses en juego en ese momento, y que se descubra que no todos los del otro lado merezcan la muerte o la mutilación, y que sus familias lejanas tampoco merezcan el sufrimiento. 

Hecho que queda demostrado cuando en la posguerra se realizan encuentros de ex combatientes de ambos bandos y surge la camaradería al reconocerse ambos como personas que debieron pasar por el mismo horror pero desde distintos lados de la boca del fusil que se empuña. 

El soldado no piensa, el soldado obedece: obedece el mandato que la sociedad le impone a sabiendas del daño que se le está provocando (y por eso se le exige al soldado que no piense).

CCH


No somos héores

Yo no elegí ir a Malvinas para defenderlas en una guerra; no decidí ni pretendí asumir el rol de representar a la voluntad popular empuñando y disparando un arma contra los ingleses. Pero simplemente me tocó, y lo hice (o hice lo mejor que pude).

No quise, no deseaba, no fue mi propia elección, pasar los que fueron 65 días de los más terribles de mi vida. Pero no me arrepiento de haberlos pasado.

No deseé sinceramente hacer las cosas que tuve que hacer, jamás hubiese elegido pasar por lo que pasé, sentir lo que sentí. No quise perder los amigos que perdí. Pero lo enfrenté con entereza, con dolor, y no aflojé. No había realmente muchas opciones.

No quise tentar a la muerte de esa forma. No "elegí" estar allí, nunca lo hubiese hecho. Pero entendí que era necesario, que era lo que en ese momento debía hacer y se esperaba de mi. 
Y fuí, y me quedé, y sumé mis manos, mis ganas, mis broncas, y compartí miedos, y ansiedades, y llantos, y risas, y angustias, y dolores.

No estaba dispuesto a dar mi vida a cambio de nada. Lo que mas deseaba era salir de allí vivo cuanto antes, lograr el objetivo y volver lo mas entero posible.

No soy un héroe, solo viví una experiencia difícil, dolorosa que como tal hay que analizarla una vez superada.

Y una guerra, como un gran desafío, es siempre a la distancia más sorteable de lo que parece desde afuera. Hay una gran cuota de azar en ello. 

En la guerra el contacto sostenido con la muerte, la destrucción y el dolor, la incertidumbre de seguir vivo al minuto siguiente, el estar luchando por la vida, el recuerdo de los seres queridos; hace valorar y añorar las cosas más simples y elementales.

Cuando no se está ni siquiera en la base de la pirámide de las necesidades (de Maslow), se valora el estar vivo, se añora hacer las cosas de todos los días, sentirse sano, estar a salvo, tener cerca a sus afectos, compartir los sentimientos con ellos. Uno toma conciencia de lo que realmente tiene valor.  Dormir, reír, comer, un beso, una caricia, una voz amiga de aliento y contención, la familia, la amistad, un deporte, una película, una canción, son en esos momentos “lujos”, “sueños”, “deseos” inalcanzables y que solo un milagro podría devolver a uno. 

Y en estas competencias difíciles, duras, tremendas, se aprende que casi siempre es mas valioso el camino recorrido, que el objetivo que estaba al final del mismo. 
Y que desde luego está bueno alcanzar objetivos, pero que lo que realmente nos transforma, y nos mejora (ya que toda competencia es en realidad con uno mismo, buscamos alcanzar y superar los límites que uno se propone) es la preparación, y el camino que transitamos para alcanzarlos.

Y como en toda competencia en la que uno se dispone a participar, la guerra se supera cuando se actúa convencido de que lo que se está haciendo es lo correcto. 
Cuando se actúa siguiendo el corazón y la intuición, aportando el mejor esfuerzo; "dejando todo" por la meta planteada, el resultado o el objetivo es importante pero no es todo.

Y se hace carne que siempre vale esfuerzo realizado cuando lo que nos mueve es un sentimiento genuino, aun cuando no se llegue al objetivo planteado; o cuando el mismo parezca imposible o inalcanzable. 
Porque el verdadero valor, el beneficio real, de la competencia no está en el objetivo es sí mismo (es muy bueno y gratificante lograrlo –desde luego-), porque "lo valioso que nos queda" luego de competir no es el objetivo, si no nuestra propia superación. 
El objetivo en tal caso solo nos recuerda que "pudimos".

No somos héroes, somos personas que hicimos lo que cualquier otra hubiese hecho en esa misma situación.

Pudimos superar una prueba difícil que se nos puso en el camino, aunque no hayamos alcanzado el objetivo. Estamos de vuelta.
Y al mirar hacia atrás, podemos decir que todo valió la pena, porque hoy tenemos mas o menos todo aquello que tanto añorábamos hace 33 años y que parecían imposibles: amigos, amores, afectos, estamos vivos, tenemos salud, una casa, una familia y tenemos las ganas y la convicción para seguir adelante. Aprendimos.

Tenemos hoy las cosas que realmente se siente que tienen valor cuando no se tiene nada, y cuando se puede perder lo mas valioso que uno tiene que es la vida. 
Tenemos las cosas que nos llevaremos cuando tengamos que dejar este mundo. 
Tenemos el honor y el orgullo de haber vivido aquellos terribles 65 días y la vivencia de haberlo hecho con valor y en equipo, de haber estado a la altura de las circunstancias.
Tenemos mucho por delante, pasamos por muchas cosas, nadie sabe que sucederá mañana, preocupémonos por el hoy. 

CCH

¿De que hablamos cuando hablamos de "Malvinas"?

Hace unos días un amigo y compañero VGM escribía que: "a la inmensa mayoría de la gente que vive en la Argentina, le importa entre poquitísimo y nada Malvinas. Les chupa un reverendísimo huevo …….." y es a grandes rasgos, algo que no merecería mucha discusión. A simple vista, pareciera ser así.

Pero en realidad hay una gran parte de la población a la que le importa “Malvinas”, que “siente” Malvinas. Y me animaría a decir que la inmensa mayoría de la sociedad argentina no es indiferente a "Malvinas".

Evidentemente si hablamos de lo mismo con conclusiones diferentes, debemos analizar o ponernos de acuerdo respecto a que nos referimos cuando hablamos de "Malvinas".

En lo personal, considero que "Malvinas" es un concepto que (a priori) para los argentinos, comprende o “despierta” otros dos:

- el que se refiere a las Islas en sí mismas (nuestro territorio ocupado por los ingleses), y

- el que tiene que ver con la “mancha” (o el dolor) que representa esa ocupación en nuestro orgullo, en nuestra historia.

Y este último concepto, creo, es el que importa o el que duele; el que no le es indiferente a casi todos los argentinos. 
Y es a la vez el que me genera las dudas de que sean las Islas (como tales) las que importan.

Si hacemos memoria y nos preguntamos qué tan importante era “Malvinas” antes de la recuperación de 1982, la respuesta será que nos importaba muy poco; y ahí es irrefutable la afirmación de mi amigo.

“Malvinas” era un asunto que si bien estaba presente en el inconsciente colectivo, tenía en la gente una prioridad muy baja (cercana a cero). 
Era un tema que se tocaba en alguna clase de geografía o historia en la escuela, y ahí se terminaba la cosa. 
“Malvinas” era un tema que “alguien” debería resolver en algún momento. No era un tema que se sentía como propio.  No se "hablaba de Malvinas" antes de abril de 1982. 
Era poco el interés que las islas despertaban como territorio en sí mismo.
Quizás porque durante generaciones enteras no habían sido pisadas por argentinos, ni muy tenidas en cuenta en las prioridades de la gente, ni de los gobiernos de turno. 

Las Islas Malvinas no estaban “integradas” en ese inconsciente colectivo. 

O quizás "no se hablaba de Malvinas" porque Malvinas era además una "asignatura pendiente" que nunca supimos cómo resolver, y por las dudas era mejor no profundizar en el tema (¿para no asumir responsabilidades?).
O quizás porque "hablar de Malvinas" podría mostrar un flanco débil de nuestro "ser nacional", y  poner de manifiesto cierta desidia o desdén de muchos gobiernos y generaciones que no le dieron a las Islas la importancia que deberían haberle dado: Si las Islas Malvinas hubiesen sido realmente importantes, con tantos años y con tantos gobiernos de distinto sesgo, algo distinto hubiésemos hecho para cambiar la situación. 
O quizás fueron las incontables turbulencias institucionales, políticas y económicas de nuestra rica y corta historia como nación (o los intereses económicos con inglaterra), los que hicieron que las Islas Malvinas tuvieran un orden de prioridad mas bajo.  

Antes del 82 ni se hablaba de Malvinas.

Después de la guerra aparecieron libros, películas, folletos, programas, ensayos, tratados, marchas.
Miles de “malvinologos” que opinan, deducen, predicen sobre el futuro de las Islas, sobre sus implicancias geo políticas. 
Enorme cantidad de "pseudo estrategas militares" que profundizan y ahondan sobre cada relato de combate. 
Organización de charlas, debates con análisis de todo tipo, foros de opinión, etc. etc. todo girando alrededor de “Malvinas”.
Y por suerte también apareció en los últimos años, el apoyo político internacional de enorme cantidad de países al reclamo argentino de nuestra soberanía en las Islas, y una priorización y reconocimiento del tema Malvinas en la sociedad.

Es evidente que “Malvinas” aparece de nuevo en el "tapete nacional" (e internacional) a partir de la guerra. 
La guerra de 1982 fue sin lugar a dudas un quiebre respecto a “Malvinas”.

¿Qué pasó? ¿Qué produjo el cambio? ¿Porque “ahora” nos importa "Malvinas"? ¿Era necesaria la guerra para demostrarnos -a nosotros mismos- que las Islas eran importantes? ¿Necesitábamos una guerra para que Malvinas tenga la presencia que hoy tiene? 
Me parece que no,  no debió haber sido necesaria una guerra. 
No debimos perder las vidas que perdimos para darnos cuenta. Pero así fue.

Entonces toda esta "movida" posterior al 82 ¿es por las “Islas Malvinas” o es por “la guerra de Malvinas”?  A veces creo que no es por ninguna de las dos cosas.

Si la guerra cambió todo, tiene que ser entonces porque trajo o generó otros intereses que hicieron que ahora "hablemos de Malvinas", algo tiene que haber movilizado que nos hace ahora ver “Malvinas” con otros ojos; asignarle otra prioridad. 
La guerra de Malvinas “tocó” alguna fibra interna" que disparó la “Malvinología”, que plantó en la sociedad el tema de la necesidad de “Malvinización”.

La noticia de la recuperación de las Islas despertó una reacción de apoyo enorme, masiva, espontánea, en la que participó activamente casi toda la población; y en la que estaba representado todo el abanico de posiciones políticas e ideológicas (incluso contrapuestas). Parecía que la recuperación de las Islas era lo mas deseado (aunque casi nunca se hablaba del tema). Se aplaudió y apoyó la noticia como a ninguna otra antes en la historia.

Y creo que eso fue porque en el 82, no aplaudimos solamente la recuperación de las Islas: Además de la recuperación, aplaudimos y apoyamos una forma rápida de resolver un tema pendiente que nunca supimos como resolver. 
Aplaudimos y apoyamos una forma de "pagarle a los ingleses con la misma moneda". 
Aplaudimos y apoyamos la "venganza", la posibilidad de humillar a los ingleses. 
Aplaudimos y apoyamos la manera rápida de lavar nuestro ego lastimado. 
Aplaudimos y apoyamos una opción rápida de tapar el "silencio" de años sobre el tema Malvinas.

Por eso creo que cuando se habla de “Malvinas” no se habla (solo) de las islas, ni de la guerra, se está hablando de nosotros, de los argentinos.

Las Islas Malvinas como tales, son -casi diría- una excusa, un eufemismo, para no nombrar lo que nos angustia y no podemos digerir: nuestra incapacidad (o desdén) para resolver un problema histórico; la vergüenza o impotencia de sentir como los ingleses se ríen de nosotros desde nuestras propias Islas; el antecedente de la derrota militar y las mas de seiscientas muertes que supimos conseguir, el menosprecio con que nos consideran cuando nos queremos imponer y reclamar por lo que es nuestro y nos ignoran. Y otros etcéteras similares.

Por eso analicemos bien "de qué hablamos cuando hablamos de Malvinas", veamos qué nos genera el "hablar de Malvinas" y porqué. 
Sepamos bien qué sentimos y a que nos referimos realmente cuando "hablamos de Malvinas”. 
Porque esos sentimientos serán en definitiva los que nos llevarán a tomar acciones, y serán ellos los que a la larga definirán nuestros actos.


Cuando "hablamos de Malvinas" no hablamos solamente de las Islas. 
Hablamos mas que nada de nosotros: los argentinos. De nuestro ego (en el fondo herido), de nuestra responsabilidad, de nuestra participación, de nuestras decisiones, de nuestras posibilidades, de nuestras ilusiones y nuestras ganas, de nuestras voluntades, de nuestros muertos, etc. 
De todo eso, me parece, que hablamos (también) cuando hablamos de Malvinas.

Por eso cuando hablemos de Malvinas, hablemos desde el verdadero sentimiento que nos genera “Malvinas”, porque eso nos debiera ayudar a encontrar el camino a recorrer, o el plan a seguir para recuperar las Islas y para recuperarnos a nosotros mismos, para escucharnos y plantearnos objetivos comunes y actuar conjuntamente mas allá de intereses sectoriales. 


CCH

El verdadero desafío comienza al regresar a casa

Dijo San Martín que “sería indigno que quien estuviese en condiciones de empuñar un arma en defensa de su patria, no lo hiciera”. Y a simple vista está muy bien, la defensa del bien común, la entrega por una causa común, etc., etc. es lo aceptado, es el mensaje con el que crecemos y nos criamos. Y ese fue un poco el espíritu que nos motivó a quienes en Abril de 1982 fuimos a Malvinas.
La guerra sabemos, es un instrumento político de quienes detentan determinados tipos de poder para obtener un determinado objetivo; que en general pasa por controlar determinados recursos (económicos, territoriales), imponer razones o modelos (políticos, religiosos o culturales), o cambiar determinadas relaciones (justamente, de poder).
Quienes impulsan y definen las guerras, son conscientes de los daños físicos, psíquicos y sociales que provocan; pero el mensaje que se brinda en relación a la guerra desde el poder, está focalizado en la nobleza de la defensa de los intereses comunes de esa sociedad y en la honorabilidad y el orgullo que la entrega personal -en pos de esa defensa- genera en quienes participan en el combate. Es decir está centrado en la legítima defensa de los intereses que ellos mismos representan o buscan.
No mencionan al hombre. Se defiende la herramienta política, y por tal motivo no se refieren a las consecuencias que se generan durante, pero sobre todo después de finalizados los combates. Las consecuencias para los soldados y para su entorno, es un aspecto de la guerra que no siempre es puesto de manifiesto.
Se va a la guerra en defensa de esos intereses “nacionales”, “soberanos”; asumiendo un “mandato” que la sociedad delega en el combatiente para que la represente en el combate. Pero una vez en combate, lo que se defiende es la propia vida y la de los compañeros mas cercanos. Eso es lo único que vale.
Y pueden suceder dos cosas, que uno muera en combate o que sobreviva al mismo.
Para quienes pierden su vida en combate, la sociedad, tiene reservado el título de “Héroes”. Lo que no se dice es que no se muere en combate como un héroe, la mayoría de las veces se muere en combate como un perro (con perdón de los perros).
La muerte en combate no transforma a nadie en héroe, lo transforma en cadáver. Es luego la sociedad (si identifica y reconoce como suya la causa que defendía ese caído, y si continúa con la búsqueda de aquel objetivo) la que define e identifica como héroe a esa persona, a su recuerdo, dándole un poco de sentido a esa muerte. Esas personas –y sus familias- merecen el recuerdo y el respeto de los demás, ya que nadie va al combate esperando un reconocimiento, pero tampoco esperando la muerte.
Para quienes vuelven de un campo de batalla, se reservan las etiquetas de “ex combatientes” o “veteranos de guerra”. Lo que no siempre es del todo bueno o inocente.
Si bien el ser humano se adapta rápidamente a situaciones extremas como las de un combate, la experiencia de estar expuesto a una situación de vulnerabilidad e indefensión y de vivir en forma prolongada bajo fuego, con continuo riesgo de vida, deja huellas profundas en las personas.
Es lógico o entendible que recibir bombardeos y fuego enemigo, presenciar ejecuciones, convivir con el dolor y la desesperación en forma prolongada, sobrepase los mecanismos de reacción de las personas. Estas experiencias no están contempladas o previstas dentro del cuadro de respuestas normales o predecibles para las que el individuo está preparado. Es lógico o entendible que su reacción tampoco sea normal ni predecible.
Estos comportamientos “anormales” se tornan “normales” durante el conflicto armado; generando una sobretensión y sobre exigencia que trae consecuencias y deja secuelas. Provocan además un necesario y rápido cambio en la escala de valores de cada soldado, que trastoca todo lo que para él era conocido, escala que deberá re adaptar varias veces según sean las condiciones de superviviencia que se le presenten. Y nuevamente volver a reacomodar al regreso a la vida civil.
Nadie regresa de un campo de batalla (no tal cual era).
Quienes tienen la suerte de volver (pues solo de suerte se trata) no son las mismas personas que partieron hacia la guerra: sus comportamientos cambiaron, su escala de valores cambió, sus sentidos cambiaron, su percepción es diferente, etc. etc.
Al regreso, por lo tanto la relación con la familia, con los amigos y con la sociedad en general, será diferente y deberá ser reconstruida, refundada. Y como toda relación debe ser encarada y refundada desde ambas partes (la persona deberá hacer su tarea y el entorno la suya).
Esa tarea no siempre es fácil, ni está limitada o definida en el tiempo. Y poder llevarla a cabo con éxito o no, dependerá de las reacciones personales de la persona, pero también del entorno.
Es probable que al regresar de la guerra algunos no puedan retomar sus actividades por razones subjetivas (causas o daños psicofísicos originados en el combate). Pero en muchos otros casos esta limitación se debe mayormente a motivos externos a la persona, y están ligados a la visión, a la reacción, a los prejuicios de la sociedad ante ese individuo que quiere volver a incorporarse luego de haber vivido la guerra en primera persona.
Al intentar reinsertarse en sociedad luego de la guerra, muchas personas sienten que perdieron el rol que desarrollaban antes, perciben que no encajan en las actividades que realizaban y con las cuales se los identificaba y se hallaban ellos identificados. Ya que ahora, a su regreso, se los reconoce y etiqueta con el título de “ex combatientes”, o “veteranos” pasando así a no tener un lugar definido en la sociedad, ni a encajar con sus anteriores roles y “lugares”.
Esta denominación los aísla, no dándoles lugar en el presente, colocándolos en una situación de “vacío social”, dejándolos afuera de las actividades y roles productivos definidos para el desarrollo y contención de los integrantes de esa sociedad por la que un tiempo atrás fueron a la guerra.
Con estas etiquetas no es posible una re inserción plena, ya que lo que se les propone es que pasen a desempeñar un rol distinto al que tenían, un rol pasivo que los identifica con una actividad que pertenece al pasado y que hoy no tiene lugar ni sentido en la civilidad.
Se les asigna un título que los deja afuera de los roles sociales productivos, que los define por lo que ya no son, por lo que fueron (en el caso de llamarlos “ex combatientes”) o por una función que solo tiene sentido para contar o relatar una experiencia vivida pasada (“veteranos de guerra”) pero que no sirve para ninguna actividad del presente, salvo para ser tenida como antecedente o referencia en alguna de las fuerzas armadas ante una posible actividad bélica futura.
Esta visión/denominación de la sociedad junto con el grado de reinserción que pueda lograr la persona, irán definiendo su identidad en la posguerra.
La persona a la que se le dificulta reintegrarse, entra en un círculo vicioso al no poder retomar por un lado su antiguo lugar en la sociedad, y por otro al quedar identificado por todo el resto con un rol que hoy no tiene aplicación ni lugar para desarrollarse.
Debido a esto muchos ex soldados adoptan conductas evasivas y evitan establecer contacto con otras personas, salvo con otros que hayan estado en su misma situación. Viven lo que debiera ser su reinserción, sintiendo que no encajan en una sociedad que los rechaza, los coloca e identifica en una posición de vacío. Experimentan el regreso con sentimientos de abandono, y a la vez de culpa. Dejaron de ser lo que eran y ahora los identifican con un rol que ya no desempeñan.
Muchas personas al sentirse excluidas y al no encontrar su lugar, se terminan identificando con esa definición que se les propone y quedan así atrapadas en su antiguo rol de combate, en su antigua identidad “militar” pero ahora dentro de la sociedad civil.
Se aferran a ese rol de combate que les valió el reconocimiento y la lealtad de sus colegas durante el conflicto, que les generó el orgullo de haber defendido una causa común. Se visten como soldados en la civilidad y se cuelgan sus medallas en el pecho para marcar aún más esa diferencia con la que la sociedad los margina.
No se logra así su reinserción. (O se logra en parte asumiendo un rol marginal que conscientemente la sociedad tiene reservado para quienes regresan de un combate).
En el caso de Malvinas además se identificó a los que regresaron de la guerra con quienes dirigieron política y militarmente el conflicto, y con quienes llevaron a cabo un período oscuro de gobierno del país que lo sumergió en el caos y la desfragmentación social. Las propias fuerzas armadas que en el combate defendía y valoraba al soldado, en la posguerra le cerró sus puertas en la cara, ya que al haber sido civiles bajo bandera, no eran personal de las mismas, no dándoles cobertura o atención médica, mucho menos trabajo o contención.
Excepto los familiares y amigos de los soldados, el resto de la sociedad los ignoró.
No se habló de la guerra, no se habló del regreso de los combatientes, no se habló del desempeño individual de los soldados en el combate, ni se hablo de la entrega y sacrificio realizado. Se evitó el tema, se los escondió, se desplegó un manto de silencio y olvido. Se evitó que los ex-soldados contasen sus vivencias, sus temores, sus furias, sus dolores y frustraciones, cortando así la posibilidad de que aliviasen su tensión compartiendo y dando a conocer su situación y lo actuado en combate en representación de la sociedad civil.
Se profundizó con ese silencio el aislamiento y la marginación, que la identificación como “ex combatientes” o “veteranos” ya provocaba inconscientemente.
Y por eso hoy, 30 años después de la guerra de Malvinas, muchos se siguen definiendo e identificando como “artilleros”, “infantes de marina”, “paracaidistas” etc. etc. roles que desde luego generan orgullo de haberlos podido desempeñar en su momento (es más que entendible y loable). Pero hoy esas personas debieran ser (además de “Veteranos de Guerra”) carpinteros, médicos, futbolistas, abogados, catadores, ingenieros, nadadores, vendedores, etc. etc. y con esos roles debieran ser identificados y presentarse en sociedad para realmente estar reinsertados.
Ser “ex”, es algo que puede surgir y ser útil en alguna conversación; una anécdota que se corresponde con una experiencia que puede y vale la pena ser contada y recordada. Algo que vale y tiene sentido en una conmemoración de un hecho histórico. Pero no es algo que sirva para definir e identificar a alguien con lo que hoy “es”.
El verdadero desafío es poder superar además del combate, las etiquetas y roles que la sociedad se reserva para aquellos que al volver a casa quieren ser algo parecido a lo que eran -o a aquello que tenían pensado ser- antes de ir a la guerra.
CCH

La identidad: una gran víctima de la guerra.

Cuando se está en combate, en el frente de batalla (si bien uno no lo analiza en ese momento) se sabe internamente, o se siente, en los pocos momentos en que uno analiza la situación “más allá de uno mismo”, que cada bomba que cae, que cada muerto que uno se “carga”, que cada compañero que cae a nuestro lado, cada víscera o fragmento de ellos que uno pisa y (si se puede) se enterrará luego, alejan cada vez más al “soldado que combate” de aquella “persona” que se era antes en la "vida civil", cuando no se estaba en la guerra.

Cada día de batalla, cada acto desesperado que se realiza, cada conducta “anormal” que se asume ante las situaciones “anormales” que se deben enfrentar (así como las modificaciones en los valores y principios que se tenían y se defendían antes de estar en combate), van distanciando además al “soldado combatiente” de aquellos seres queridos que esperan ansiosos el regreso a casa de aquella persona que recuerdan partió un día a combatir en la guerra.

En la guerra, en el combate armado, hay demasiadas oportunidades en las que uno no se reconoce. Muchas situaciones en las que uno se ve envuelto y en las que nos descubrimos reaccionando como completos extraños. Nos descubrimos "convertidos" en algo muy distinto de lo que éramos. Personas diferentes a las que nuestros afectos esperarían ver cuando uno regrese.

Inconscientemente esa vivencia, ese saber que se está dejando de ser quien se era; el temor o la angustia de ese cambio de identidad no deseado (como así también la desconfianza de no saber si al regresar se será reconocido y aceptado, por aquellos que esperan el regreso “de quien fue a la guerra”), crea fuertes lazos de unidad en la “hermandad” de los combatientes. Todos pasamos por lo mismo.

En esos momentos no se está seguro de quien se es, ni se cuestiona. Se actúa por instinto.
En "ese" momento poco importa la identidad de cada uno. Ante la amenaza y el ataque, vale mas la "identidad", la "integridad" del grupo, que la de uno mismo.


Desde luego que está en riesgo la vida y eso "tapa" todo. Pero en un plano más inconsciente, lo que está en riesgo en el caso de sobrevivir, es la integridad, la esencia, la “identidad” de la persona que se era (y también se está gestando quien se será después de la guerra).

Las vivencias de combate alejan a la persona de su esencia, y poco a poco, día tras día la van convirtiendo en otra cosa, en otra persona. 

Nadie regresa de una guerra. Se vuelve de una guerra siendo otro, muy distinto al que se era.

Y al volver de la guerra no siempre estos temas se disipan y todo se aclara y se termina. Al contrario.

Al regresar de la guerra lo ideal sería retomar aquel rol que se tenía antes de la misma (o buscar un nuevo rol con el que uno pueda identificarse y sentirse reconocido). 
Imposible.
Eso no sucede, pues a la confusión de identidad que genera el combate en la persona, se le suma luego la respuesta de la sociedad; que contribuye a esa crisis de personalidad cuando define e identifica a quien regresa del combate desde un rol que ya no existe ni tiene sentido: lo llama “ex combatiente”.
Lo define e identifica por lo que era y no por lo que es, no dándole cabida en el “hoy”.
O como “veterano de guerra”, rol de poca o nula actividad en cuanto a la re inserción social del individuo.

Eso aísla a la persona y no le permite verse identificado con quien se era, o con ese nuevo rol que quisiera desarrollar y que le permita desempeñar una actividad normal dentro de la sociedad. Y tampoco le permite alejarse de esa función (ese rol de guerra) en la cual era difícil identificarse.

A su vez, el propio grupo de camaradas de guerra, que también vive esa misma situación (¿de marginalidad?), sigue identificando a su colega, por el rol de combate que desempeñaba, ya que es el rol con que se conocieron e identificaban en el combate.


De esa manera la persona queda acorralada en ese rol que tuvo en la guerra, haciéndose muy difícil asumir y demostrar quien se quiere ser.

Quizás sea ese el motivo por el que los soldados que regresan de la batalla, tienden a ocultar el haber estado en combate, y guardan silencio respecto a lo vivido. Es necesario “cortar” con ese rol que ya no sirve en la sociedad y que no representa a la esencia de esa persona. 

Está en juego la identidad.  Hay un riesgo muy grande de quedar “pegado” (de "ser tragado") por esa función temporal que uno desempeñó. Hay un riesgo muy grande de quedar “transformado” en esa otra cosa que se fué durante los combates. Ese "alguien" tan distinto a uno.

Se necesitaron muchos años en Argentina para que quienes estuvimos en combate pudiésemos volver a hablar del tema Malvinas.
Nos tomamos unos años. 
No fue por vergüenza, no fue por indiferencia, no fue por haber perdido esa guerra, no fue por “estar mal de la cabeza” como muchas veces se dijo. 
Fue por un tema de supervivencia, por la necesidad de sacar a flote esa identidad que cada uno quiso o eligió tener.

Optamos, en muchos casos, por el silencio para no ser condicionados por todos los dedos y etiquetas con que nos señalaban a quienes estuvimos en combate. Para no ser identificados en el presente con un rol que no tiene aplicación práctica en la sociedad.

Los "veteranos de guerra", no somos héroes, ni víctimas, ni sobrevivientes, … somos personas, personas que tuvimos que pasar por una experiencia extrema, porque la situación del país así nos lo exigió en un determinado momento.

Nosotros combatimos por nuestro país y lo hicimos con honor, con responsabilidad, con lo que sabíamos y podíamos hacer. Conocimos el miedo desde luego, pero no optamos por la traición. Estamos orgullosos de haberlo hecho. Está muy bien tenerlo presente, recordarlo, reconocerlo. Pero eso es algo que hicimos hace mucho. 

Los veteranos de guerra de Malvinas, no somos "solo eso" que fuimos.  Hoy podemos, y queremos, ser y hacer otras cosas, recordando lo hecho con honor, con orgullo, pero haciendo y siendo hoy algo distinto a nuestro rol de combate de ayer.


CCH2007  (Abril 2008)